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El dolor para la metafísica

¿Qué color tiene el dolor?

Desde un punto de vista metafísico, se ha definido el dolor como "el esfuerzo necesario para aferrarse a un pensamiento negativo". Esta idea se basa en la creencia de que los seres humanos estamos dotados de una serie cualidades innatas, que son las cualidades naturales de la propia vida: armonía, sabiduría, fuerza, amor, etc. Serían todas la cualidades consideradas como "positivas". Según este punto de vista, estas cualidades se manifiestan en la persona de forma natural y espontánea sin necesidad de ningún esfuerzo o acción concreta. Cuando alguien reprime esta manifestación natural negándola en su pensamiento se produce en él o ella lo que percibimos como dolor. La causa de esta resistencia o represión estaría normalmente en las creencias adquiridas en la sociedad por la persona.

Mujer dolor


el dukkha existe,
el dukkha tiene una causa,
el dukkha se puede eliminar, y
el dukkha tiene solución.
Dukkha, en sánscrito, significa sufrimiento.
Fuente: Wikipedia

 

¿ NOS GUSTA SUFRIR ?

En cualquier esfuerzo por romper una adicción lo primero que hay que lograr es que la persona entienda y reconozca el problema. Estas son consecuencias directas de TODA adicción, beneficiosa o destructiva. Esta misma dinámica opera a nivel individual en nuestras relaciones personales. Estamos "programados" a reaccionar ante el dolor.

¡Decimos que queremos ser felices, pero la felicidad nos aburre!

Si entendemos que, consciente o inconscientemente, cada persona es responsable de todo lo que experimenta en su vida, entonces es fácil ver que atraemos a nuestras vidas el dolor porque nos excita y motiva. Esta realización nos deja con dos alternativas: aprender a recibir igual estímulo de la felicidad, o aprender a asimilar la motivación hacia cambios que nos ofrece el dolor lo más rápido posible para no perpetuarlo.

La primera alternativa es un proceso largo y lento de evolución emotiva. Tengo la firme convicción que gradualmente todo individuo aprende a ir rechazando el dolor para crecer con motivaciones positivas, no negativas. Eso nos deja con la segunda alternativa: aprender a no perpetuar el dolor en nuestras vidas. ¡Ojo! No estoy hablando de aprender a ELIMINAR el dolor, sino a NO PERPETUARLO. ¡Lo interesante del caso es que si permitimos que el dolor en nuestras vidas sea CONSTANTE, también eso impide nuestra evolución personal y emotiva!

El dolor que no nos lleva hacia un nivel más elevado de experiencia y conocimiento, es dolor innecesario y contraproducente. En cuanto logramos esa comprensión y aceptamos los cambios, el dolor desaparece.
El niño que pone la mano sobre el horno caliente experimenta dolor que lo alerta del peligro del fuego que puede quemar su piel. En cuanto el niño entiende lo que le está produciendo dolor, retira su mano del horno y el dolor cesa. Pero al traducir este simple ejemplo a nuestras vidas personales experimentamos serias dificultades entendiendo por qué tenemos que soltar el horno que tanto valoramos para dejar de sentir dolor. ¿Cómo es posible que una relación de diez años esté ahora provocándonos tanto dolor? En situaciones como esta, a menudo, en vez de aceptar que tenemos que apartarnos de la relación, preferimos optar por una vida de dolor. Si volvemos al caso del niño con su mano sobre el horno nos resulta fácil entender que sería absurdo y contrario a todo instinto natural que el niño continuara con su mano sobre el fuego una vez que entiende la procedencia del dolor. Cuando se trata de relaciones personales y nuestra vida privada, ¿por qué no nos damos cuenta de lo absurdo y poco natural de seguir optando por aguantar dolor estoicamente?

Hay que entender también que existen distintas formas de lidiar con el calor del fuego para no seguir recibiendo quemaduras.

 

Lo esencial es ACTUAR de alguna forma para recibir alivio al dolor.

Lo difícil en nuestros enfrentamientos con el dolor es que estamos acostumbrados a sufrir. Crecemos en sociedades en las que se reconoce y exalta el sacrificio y el dolor. Yo no encuentro fácil entender la lógica de esas enseñanzas, pero las aceptamos por hábito, y seguimos sufriendo por hábito. Peor aún, en los momentos en que experimentamos felicidad nos invaden sentimientos de culpabilidad: ¿Cómo puedo yo estar feliz cuando hay otros que sufren tanto?!!! Resultado: la felicidad nos dura muy poco porque sentimos que no la merecemos

http://perso.wanadoo.es/getn/terapias/metafisica1.htm


Metafísicas del dolor por Gianni Vattimo


¿APRENDER SUFRIENDO?

En muchos sentidos. ¿Por qué los verdaderos amigos se conocen en el dolor? Obviamente, la

 verdad de esta tesis sólo puede residir en la presunción de que vivimos en un mundo donde las apariencias y la realidad son diferentes, y donde el dolor es lo que nos permite pasar «de aquí a allí», según la expresión platónica. La tradición prefiere el término ascesis al de dolor, pero la sustancia, a mi entender, no varía. La ascesis, sobre todo en el sentido que la palabra adquirió con el cristianismo, es el sufrimiento ocasionado por la renuncia y que se debe soportar para alcanzar la virtud; con lo cual el significado de ejercicio casi deportivo que le atribuían los antiguos se tiñe de una connotación moral más intensa y, si se vincula con el sacrificio de Cristo, también de expiación y redención.

Sea como fuere, también en el discurso más trivial de la conversación cotidiana, quien ha «sufrido mucho» parece merecer un respeto mucho mayor que quien ha gozado mucho. El lema de la sabiduría trágica clásica, páthei mathós -aprende sufriendo-, revela que toda esta valoración positiva del dolor no es sólo un asunto cristiano.
Tanto es así que, por mucho que uno se rebele contra la beatería metafísica que aquel aserto sin duda comporta, parece difícil librarse de ella del todo. Ocurre precisamente, en términos de Heidegger, como en el caso de la metafísica: no se puede prescindir de ella como de un traje viejo o como de un error que por fin reconocemos y aclaramos, pues es la condición de partida de cada uno de nuestros actos de pensamiento y determina la estructura misma del lenguaje con cuyo uso pretendemos liberarnos de ella. La dialéctica hegeliana, para la cual la experiencia siempre es «negativa», ya que nos obliga a la confrontación con lo que no es como quisiéramos o como nos gustaría que fuese, es el último punto de llegada, quizá, de la metafísica occidental del dolor. Una metafísica que en Hegel se revela en su esencia de rescate consolador, de suprema afirmación del carácter positivo de la «realidad» incluso si la percibimos de otra manera. El hecho de que suframos no es indicio de que haya algo «fallido» en el ser, sino tan sólo de que nos equivocamos en su apreciación. Se podría objetar que el mismo hecho de que nos equivoquemos al considerar el sufrimiento como algo fallido es precisamente la señal de que en el ser hay en todo caso un error: el que nos hayamos equivocado. Pero siempre acabaremos encontrándonos con la doctrina del pecado original, y por tanto, una vez más con la idea de una culpa que podemos y debemos corregir para volver a instaurarnos en la verdad del ser.

UNA MENTALIDAD DEL DOLOR QUE HA INFLUIDO EN LA MEDICINA

 

¿Abstracciones que apasionan única-mente a filósofos y a teólogos? No necesariamente. Son abstracciones que influyen y condicionan muchos de los aspectos prácticos, incluidos los médicos, de tratamiento del dolor, tanto en las relaciones individuales como en las instituciones. Quien haya pasado por una intervención quirúrgica, pongamos por caso hace unos treinta años, sabe lo reacias que eran las monjas enfermeras a darle, en la primera noche tras la intervención, una sola gota de analgésico. Su prudencia seguramente estaría dictada por los entonces más limitados conocimientos de la terapia del dolor, pero esos límites se han superado con suma lentitud justo a causa de esa mentalidad que reverencia el dolor y de la que participaban también las conciencias más laicas. Aún hoy, en ámbitos terapéuticos distintos al estrictamente físico, nos seguimos encontrando con la misma actitud.Si se ha inventado una terapia farmacológica contra la depresión y otras sintomatologías psíquicas y psicosomáticas, ¿qué necesidad hay de seguir con las terapias psicoanalíticas? La tesis de los partidarios del psicoanálisis, aunque encubierta, sigue estando condicionada por un prejuicio metafísico-ascético: sólo el doloroso (y largo y caro) proceso que se desarrolla en la relación con el psicoanalista libera realmente, llega a las causas profundas, promete una «curación» más estable. Aplicado a la curación de las toxicomanías, que por otra parte se suelen confiar a sanadores de orientación religiosa, esta actitud genera nuevas dependencias psicológicas que no hacen más que reemplazar la antigua dependencia de la droga (nunca como en este caso ha sido tan cierta la identificación de la religión con el opio). 
Todo lo anterior, y mucho más que resulta difícil exponer en el espacio de un breve escrito, sale a colación cuando se trata de filosofar sobre el dolor.Ahora bien: si establecemos, o por lo menos admitimos como hipótesis, que hay un modo metafísico de entender el dolor del que estamos profundamente imbuidos, tanto en nuestra mentalidad individual como en las instituciones y en los hábitos sociales, ¿qué puede significar liberarnos de él por medio de esa distorsión (Verwindung) que, por lo que hemos aprendido de Heidegger (aunque tal vez también de Nietzsche y de Schopenhauer), es nuestra única esperanza de llevar a cabo nuestra rebelión?

LA LECCIÓN DE HEIDEGGER

Lo que «falla» en la metafísica, desde la perspectiva heideggeriana, es la idea de que en el fondo de las cosas hay un orden estable, una estructura eterna necesaria y por ende racional, que a nosotros nos compete conocer y aceptar como norma (pero ya esto apenas se sostiene: si es algo necesariamente dado, ¿para qué una norma? Esto también se ha denominado, inadecuada-mente, la «ley de Hume»: no se puede obtener una norma de un hecho, sencillamente carece de sentido). Para el Heidegger de El Ser y el Tiempo (1927), pensar el ser verdadero de esta forma «objetiva» implica: a) que la historicidad de la existencia humana no «es»; b) que ser auténticamente debería significar salir de esta historicidad: conformarse a un orden racional necesario; c) y, por tanto, tender a proyectar una sociedad racional que prescinda de los asuntos individuales: la sociedad que Adorno luego llamó de la «organización total», y que Chaplin representó en Tiempos modernos. Son los tiempos del existencialismo y de la vanguardia de principios del siglo XX que también inspiran a Heidegger y que, en él más que en otros pensadores, legitiman la polémica contra la metafísica. La historicidad, la concepción de la existencia humana como algo abierto, su irreductibilidad a la estructura eterna de un ser verdadero por inmutable, todo ello significa mortalidad. En resumen: una apreciación no metafísica del dolor exigiría una apreciación no metafísica de la muerte. Es lo que Heidegger intenta llevar a cabo cuando, en su obra de 1927, sitúa en el centro de su doctrina la idea del «ser-para-la-muerte» y la anticipación decidida de la propia muerte como clave para la autenticidad de la existencia. Pues el mundo se da como mundo sólo a la mirada que el propio hombre es, a su «proyecto arrojado» (una conquista ya del kantismo), y como este proyecto es finito, como nace y muere, habrá que pensar que el ser no es una estructura eterna dada de una vez para siempre, puesta ante (objectum) la mente, que mediante la ascesis se vuelve capaz de verla, sino que es precisamente suceso, acaecimiento, historicidad.
Desde una óptica así, el dolor y la muerte -podemos razonablemente tomar los dos términos casi como sinónimos: se sufre siempre de y por la mortalidad; también el mal físico es señal, consecuencia, síntoma de mortalidad- son a la vez insuperables e irredimibles. No se explican y no se justifican, porque no dan acceso a ninguna verdad más verdadera; son, más bien, lo que libera de la esclavitud y del resentimiento frente a cualquier verdad más verdadera (la ley del ser, un dios creador y juez, el destino perverso...). Podemos incluso pensar en la respuesta de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: no es culpa suya ni de sus padres, sino sólo algo «que ha querido ser así...», y debemos entenderla en el sentido de que es una casualidad total. Para el dolor no hay ninguna razón, ni existe por una precisa y misteriosa voluntad divina.
 

MÁS ALLÁ DE LA METAFÍSICA DEL DOLOR

Así se sientan las bases para una concepción y un tratamiento del dolor que en un doble sentido no son metafísicos. Por un lado, el dolor no tiene ninguna dignidad, no merece ningún respeto en cuanto tal, es sólo algo que sucede, y en cuanto es siempre además un suceder que no deseamos (a diferencia del suceder que esperamos y deseamos, el placer, el logro, etcétera), es puro accidente, en el más amplio sentido del término, es el evento schlechthin, puro y simple. (Sartre ha escrito hermosas páginas sobre la muerte entendida como suceder sin sentido, con la idea, probablemente infundada, de que criticaba a Heidegger.) La historia existe y se desarrolla mientras no se haya producido la muerte y, por tanto, mientras se consigue limitar la fuerza del dolor.

Frente al dolor no podemos hacer nada razonable aparte de tratar de eliminarlo. Por otro lado quedan, en sentido contrario, todas nuestras ideas tradicionales acerca del dolor, empezando por aquella que lo liga a la amistad. El único dolor digno de respeto es el dolor del otro, lo mismo que la muerte del otro. Aquí reside, probablemente, la verdad del dicho popular sobre el dolor y los amigos, pero también la verdad del antiguo páthei mathós. En el dolor, en la muerte y en el temor que nos inspiran reconocemos nuestra finitud; no la reconocemos, en cambio, ante un ser trascendente, en el fondo arrogante y violento, que se nos planta delante como un muro de misterios, se nos impone como una potencia que debemos aceptar (para muchos, la realidad sigue siendo aquello «contra lo que se choca»), sin pretender entenderla. Cuando lo cierto es que la finitud significa estar con los otros, significa el descubrimiento de la alteridad, de la cual no podemos prescindir.
Así, aunque no resulte tan explícito en el texto, la decisión anticipadora de la muerte que abre a la existencia auténtica según el Heidegger de El Ser y el Tiempo no es sino la aceptación de la propia historicidad radical: procedemos de seres mortales y dejaremos nuestro lugar a otros seres mortales; con ellos tenemos una responsabilidad y un compromiso de respuesta; debemos responder a los mensajes y a los valores dejados por quienes nos precedieron o por quienes están con nosotros en el mundo, y tenemos que responder a los que vendrán después de nosotros. Las sugerentes, y también muy crípticas, páginas de otro libro de Heidegger, Sendas perdidas (1950), dedicadas a la «sentencia de Anaximandro» -según la cual las cosas deben cumplir penitencia por la injusticia de estar en el ser antes que otras dejando su lugar conforme al orden del tiempo-, se deben leer quizá precisamente en este sentido, aunque dándonos cierto margen para la interpretación, tanto de Anaximandro como de Heidegger. El ser no es más que ese sucederse y cumplir penitencia. (¿Demasiado poco?
Pero, por evocar a Galileo, ¿sería acaso mejor y más respetuoso pensar los cuerpos celestes como inmóviles piedras privadas de vida y muerte, sustraídas al devenir, que como lugares análogos a nuestra Tierra, donde se nace y se muere y, por eso mismo, se ES?).
También es verdad, pues, que en el dolor se reconoce al amigo, que el dolor nos «perfecciona», que se aprende sufriendo, y que quien sufre o ha sufrido merece respeto, además y sobre todo por eso. La lucha contra el dolor o, lo que es lo mismo, la búsqueda de la felicidad tiene un solo límite, el de la solidaridad con los demás, la aceptación de la propia finitud que manda no ceder a la hybris, a la arrogancia de quien se erige a sí mismo en absoluto, exponiéndose así a todas las implicaciones violentas de la metafísica, incluidos el resentimiento por no ser inmortal y la especial intensidad con que cualquier dolor a la postre lo afecta porque sin remedio se le antoja como algo misteriosamente querido contra él por una potencia oculta y malvada.
 

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