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Aprender
por comprensión o por dolor
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Dicen que el ser
humano tiene dos caminos bien diferenciados para
aprender: el primero es el de la comprensión y el
segundo el del dolor. Y qué duda cabe de que
conscientemente todos elegiríamos el primer camino,
aquel que nos permitiera afrontar los aprendizajes y
las vicisitudes de la vida con comprensión y
aceptación, integrando las experiencias y
transformándolas en conocimiento. Sin embargo, la
mayoría no somos capaces de vislumbrar ese camino y
casi siempre optamos por el contiguo, ese que nos
lleva a estrellarnos contra las situaciones, a
perdernos entre las múltiples bifurcaciones que
surgen, a que nos arrollen los acontecimientos... Y
todo ello, en buena medida, se lo debemos a nuestro
mundo emocional.
Las emociones pueden nublar el entendimiento y
oscurecer la razón impidiéndonos valorar adecuadamente
los pocos parámetros que manejamos a la hora de tomar
decisiones.
El remedio perfecto ya nos lo apuntan todas las
tradiciones y filosofías desde tiempos remotos:
escuchar al corazón, prestar atención a lo que nos
dice ese órgano al que adjudicamos la generación de
sentimientos. Pero para llegar a él tenemos que
atravesar el mar proceloso de las emociones que,
contra lo que muchos pueden pensar, proceden de la
parte más sutil de nuestra mente, el subconsciente,
ese gran desconocido núcleo generador de nuestras
pasiones y que se manifiesta fundamentalmente a través
del hemisferio derecho de nuestro cerebro.
¿Y cómo es ese proceso? Veámoslo someramente: primero
recibimos un estímulo, una percepción física a través
de nuestros sentidos, o bien, tenemos un proceso
mental. Esa información pasa directamente a la zona
del córtex correspondiente. A partir de ese momento se
desencadenan toda una serie de procesos físicos y
nerviosos en los que intervienen las glándulas
pituitaria -o hipófisis- y pineal -o epífisis- entre
las cuales se establecen estímulos y descargas. Todo
ello se produce en el área del hipotálamo.La información recibida se traduce y canaliza a través
de dos vías: por un lado, la energía nerviosa actúa
sobre las dos glándulas para que segreguen una serie
de hormonas que se distribuyen por el torrente
sanguíneo para producir emociones y sus
correspondientes manifestaciones físicas. Por otro, la
energía mental viaja a través de las cisuras del
córtex excitando la parte derecha y occipital del
cerebro, que corresponde al área que rige el
subconsciente. Y es allí donde se "procesa" la
información recibida. |
El subconsciente funciona como un gran banco de datos
de fácil
acceso. Allí están almacenados recuerdos inconscientes
de experiencias muy antiguas -algunas escuelas de
Psicología Transpersonal que admiten la reencarnación
vienen a llamar a esa información memoria perpetua y
afirman que allí están registradas las experiencias
asimiladas a lo largo de las sucesivas
reencarnaciones- y también reside ahí la memoria
temporal, correspondiente a los datos de esta vida y
que estaría registrada en el sistema reticular del
cerebro.
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Una vez contrastada la información que hemos recibido
con la voz de la experiencia (proveniente de estas dos
memorias) es cuando se genera una respuesta para el
individuo, un impulso de energía mental que sigue el
mismo recorrido de vuelta. Se detiene un instante en
el hipotálamo y, finalmente, llega al córtex para ser
expresada.
Pues bien,, es en ese momento en el que se contrasta
la información nueva con la ya almacenada cuando se
producen las
dificultades. Porque nuestra memoria, un mecanismo
prodigioso, no sólo se limita a almacenar hechos sino
que tiene la virtud de que el recuerdo de ellos
provoca en el organismo todo un torrente de emociones
similar al que se produjo en el momento en que
vivíamos esa experiencia. Y ese flujo emocional tiene
un gran peso específico en las decisiones que vamos a
tomar o en la respuesta que vamos a dar.
Así pues, no nos podemos sustraer a la influencia de
la memoria, hasta tal punto que vamos a dar más peso y
valor a lo que nos llega internamente que a lo que
acabamos de recibir del exterior. Vamos a "ver" con
más claridad y contundencia las experiencias
anteriores que tienen que ver -de una u otra forma-
con lo que nos ocupa en estos momentos, que lo que
percibimos o pensamos en el presente.
¿Y qué significa esto? Pues que corremos el riesgo de
dar una respuesta inadecuada ya que en muchas
ocasiones en ella incluimos los recuerdos... con toda
su carga de requerimientos, necesidades no cubiertas,
carencias, expectativas, deseos... del pasado.
En suma, es difícil ser conscientes de la presión
emocional que soportamos y sólo podremos lograrlo
mediante un gran esfuerzo por intentar ver el
desarrollo de todo este proceso como si fuéramos el
espectador de una película, lo que nos permitirá
alejarnos un poco de la situación para observarla con
mayor amplitud y, al hacerlo, tener más capacidad para
dar una respuesta coherente.
Ese proceso emocional, tanto si tratamos con emociones
negativas como positivas, siempre trastoca y descoloca
a la persona, que sufre y goza con su propio proceso
mental, con el tratamiento que da a sus pensamientos,
que en muchas ocasiones se convierten en bucles
repetitivos, antesala de comportamientos neuróticos.
Cuando las filosofías orientales nos hablan de acallar
los pensamientos y las emociones se refieren a eso
precisamente. |
Porque no se trata de ignorar las emociones sino de
observarlas con atención, identificarlas y no dejarse
arrastrar por ellas. Hay que colocarlas en el contexto
adecuado que nos permita eliminar esos filtros para
poder ver con mayor claridad.
Hay una técnica en Psicología que es aplicable para
contrarrestar cualquier síntoma de dolor, sea éste
físico o emocional. Se trata de centrarse en la
sensación dolorosa -si es un problema físico- o en el
pensamiento o emoción que nos hace daño -si es un
conflicto psicológico-. Busca un momento de soledad y
silencio. Relájate, ponte cómodo y afloja las
tensiones de cualquier tipo. Lo primero que debes
hacer es dar la bienvenida a ese dolor o a esa emoción
incontrolada y dejar que la sensación dolorosa recorra
tu cuerpo, que lo invada por completo. Piensa que se
trata de algo que contiene en sí mismo los elementos
curativos que necesitas.
Focaliza entonces tu atención en ese punto e intenta
observarlo con la mente alerta y despierta. Verás que
incluso puedes hacerlo más intenso, más fuerte,
potenciarlo cuanto sea posible hasta alcanzar el grado
máximo.
Normalmente, cuando sentimos dolor desplegamos un
mecanismo de bloqueo, de resistencia, que intensifica
aún más la sensación dolorosa. Se trataría de actuar
del modo contrario: dejarlo pasar, no bloquearlo ni
retenerlo sino dejarlo ir a través de nuestro cuerpo.
Verás que entonces, cuando se llega al punto álgido,
se produce una descarga compensatoria al dejar fluir
la corriente energética. Porque hay zonas de nuestro
cerebro capaces de generar endorfinas y substancias
analgésicas -mucho más potentes que la morfina- que se
activarán ante el estímulo provocado. Después puedes
visualizar cómo ese dolor o esa emoción, tras recorrer
tu cuerpo, sale de él. Puedes darle mentalmente,
incluso, forma, textura, color, tamaño, etc., y
"meterlo" en un saco o en una caja; o, simplemente,
lanzarlo fuera de ti, donde ya no te pueda dañar.
Se trata de un modo efectivo de librarnos de la
angustia, los pensamientos obsesivos, la tristeza, la
ansiedad, etc.
Hasta es muy probable que durante el ejercicio -si
hemos mantenido la mente atenta- podamos descubrir el
por qué del momento que estamos atravesando y que
nuestra intuición nos
diga qué es lo que hemos de aprender de lo que estamos
viviendo. Hay que observar los pensamientos, ser
conscientes de las emociones que nos provocan y, como
tercer paso, no dejarse arrastrar por ellas sino
actuar como testigo de una situación externa a
nosotros. Es un proceso de desidentificación que nos
hará ver claramente que uno no "es" sus pensamientos
ni sus emociones como tampoco sus energías o su cuerpo
físico, que Uno, el Ser, utiliza todo eso para
manifestarse... pero que puede convertirse también en
observador con conciencia plena y elegir
conscientemente su trayectoria evolutiva. ¿Cómo? Pues
escuchando el impulso interior que nos lleve a saber
el propósito fundamental por el que hemos nacido; algo
que está dentro de cada uno de nosotros y, por tanto,
sólo nosotros podemos descubrir.
María Pinar Merino
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